Una reflexión sobre el Perfeccionismo

Lic. Santiago Demarchi

 

“Las ondulaciones no son una desviación del camino. Son el camino.”

Hay una idea que atraviesa silenciosamente casi todos los aspectos de nuestra vida.

Nos enseñaron que hacer las cosas bien significa hacerlas perfectas.

No importa si hablamos de una carrera profesional, de un emprendimiento, de una rehabilitación deportiva o de una relación. El mensaje siempre parece ser el mismo: si el resultado no es impecable, entonces no es suficiente.

Lo curioso es que pocas veces nos preguntamos de dónde proviene esa idea.

Durante siglos el ser humano admiró la excelencia. Pero excelencia y perfección nunca fueron sinónimos.

Aristóteles hablaba de la areté, una excelencia que no consistía en no cometer errores, sino en desarrollar plenamente nuestras capacidades mediante la repetición de acciones virtuosas. La excelencia era un verbo antes que un resultado. Era algo que se practicaba.

Hoy, en cambio, vivimos en una cultura que confunde el producto terminado con el proceso que lo hizo posible.

Las redes sociales nos muestran cuerpos terminados, empresas exitosas, investigaciones publicadas, atletas campeones y relaciones aparentemente perfectas. Lo que rara vez aparece son las miles de decisiones equivocadas, los intentos fallidos, las dudas y las correcciones que existieron antes.

La perfección se volvió visible.

El proceso desapareció.

Y cuando dejamos de ver el proceso, comenzamos a creer que los demás avanzan en línea recta mientras nosotros somos los únicos que tropezamos.

Richard Sennett escribió que la verdadera maestría nace del diálogo permanente con la imperfección. El artesano no aprende evitando el error; aprende conversando con él. Cada equivocación modifica la mano, obliga a observar nuevamente el material y termina refinando la habilidad.

La imperfección no es un accidente del aprendizaje, es su condición de existencia.

Algo similar ocurre en la ciencia.

Karl Popper sostenía que el conocimiento avanza no cuando confirmamos nuestras ideas, sino cuando somos capaces de descubrir dónde están equivocadas. La ciencia no progresa porque evita los errores. Progresa porque desarrolla mejores mecanismos para encontrarlos.

Paradójicamente, el único sistema humano construido alrededor del error es también el que más conocimiento ha producido.

¿Por qué nuestra vida debería funcionar diferente?

La psicología moderna llega a conclusiones parecidas.

Carol Dweck mostró que quienes interpretan las dificultades como oportunidades de aprendizaje desarrollan trayectorias mucho más estables que quienes consideran el error como evidencia de incapacidad. No es el talento inicial lo que predice el desarrollo, sino la relación que establecemos con el fracaso.

James Clear popularizó una idea sencilla pero profundamente filosófica: los hábitos no necesitan perfección, necesitan continuidad. Perder un día no cambia una vida; abandonar el sistema sí.

La consistencia no consiste en no equivocarse, sino en regresar después del error.

Pero quizás el análisis más interesante no provenga de la psicología, sino de la filosofía contemporánea.

Byung-Chul Han sostiene que ya no vivimos bajo una sociedad disciplinaria que nos obliga desde afuera. Ahora habitamos una sociedad del rendimiento, donde nosotros mismos nos convertimos en nuestros propios supervisores. Ya no necesitamos que alguien nos exija ser mejores. Nosotros mismos lo hacemos.

El perfeccionismo deja entonces de ser una aspiración y se transforma en una identidad.

No hacemos ejercicio para sentirnos mejor.

Entrenamos para demostrar disciplina.

No estudiamos para comprender.

Estudiamos para no quedar atrás.

No descansamos para recuperarnos.

Descansamos con culpa.

La consecuencia es paradójica.

Cuanto más perseguimos una imagen perfecta de nosotros mismos, menos espacio dejamos para aprender.

Porque aprender exige reconocer que todavía no sabemos.

Y eso resulta insoportable para quien necesita parecer competente todo el tiempo.

Tal vez por eso el perfeccionismo produce tanta inmovilidad.

Esperamos el momento ideal.

El plan perfecto.

La publicación perfecta.

El entrenamiento perfecto.

La rehabilitación perfecta.

Mientras tanto, el tiempo sigue avanzando.

La consistencia, en cambio, acepta una verdad mucho más incómoda: casi todo progreso importante ocurre mientras todavía somos imperfectos.

Ningún investigador espera comprender completamente un problema antes de comenzar un proyecto.

Ningún músico interpreta una obra sin desafinar durante el aprendizaje.

Ningún deportista alcanza su mejor versión evitando los días malos.

Y ninguna persona construye una vida significativa sin atravesar períodos de incertidumbre.

Las trayectorias humanas no son lineales.

Son adaptativas.

Avanzan mediante pequeños ciclos de prueba, error, ajuste y repetición.

Curiosamente, eso mismo ocurre en la evolución biológica.

La naturaleza jamás buscó organismos perfectos.

Seleccionó organismos suficientemente buenos para seguir adaptándose.

Quizás nosotros deberíamos hacer lo mismo.

Porque al final, la diferencia entre quienes construyen una vida extraordinaria y quienes quedan detenidos no suele estar en el talento, la inteligencia o la suerte.

Muchas veces está en algo mucho más simple.

En la capacidad de volver a aparecer.

Una vez más.

Aunque el resultado todavía esté lejos de ser perfecto.

Porque las ondulaciones nunca fueron una desviación del camino.

Siempre fueron el camino.