¿Por qué dejamos de leer? Una breve reflexión

 

Agosto en Santiago del Estero. Un día gris, con llovizna y unos 16 °C que —para el termómetro de cualquier santiagueño— imponen un frío “que pela”. Me encuentro en mi departamento, tomando unos mates y armando unas clases para la universidad.

Entre el murmullo de la avenida que pasa frente a mi departamento y las ideas que van y vienen en la pantalla, se me cruza un pensamiento recurrente, casi una urgencia: tenemos que volver a leer. Es una reflexión que habitualmente conversamos con mis compañeros de trabajo; una inquietud compartida sobre el rumbo de las cosas.

Desarrollo mi vida profesional en tres ámbitos que se entrelazan a diario: la salud, el alto rendimiento deportivo y la educación. En estos espacios, la duda sistemática, la repregunta, la capacidad de resolver problemas inéditos y la formación de un criterio propio no son lujos académicos; son herramientas de trabajo indispensables.

Ayer terminé de leer La estructura de las revoluciones científicas de Thomas Kuhn. Al cerrar el libro, me asaltó una pregunta amarga: ¿por qué los jóvenes —y los profesionales en general— leemos cada vez menos? ¿Por qué le hemos dado la espalda al libro?

Cuando miro hacia dónde vamos como sociedad, confieso que me entra una especie de pánico. Es una preocupación recurrente que suelo volcar en mis ambientes laborales. En reuniones, aulas o vestuarios, suelo hacer una pregunta sencilla: “¿Quiénes de los que están aquí leen libros con regularidad?”. La respuesta es casi siempre contundente y desoladora: casi nadie levanta la mano.

¿Qué nos pasó?

A partir de la década de 2010, con la masificación de las redes sociales —y hoy, adentrándonos en los años 20 con el despliegue acelerado de la inteligencia artificial—, ingresamos en la era de la inmediatez absoluta. Mis compañeros de trabajo mayores que yo (actualmente tengo 29 años) siempre cuentan la anécdota de cómo, cuando estudiaban, no les quedaba otra opción que ir físicamente a la biblioteca, revisar ficheros y pasar horas hojeando libros para poder encontrar un dato o aprender sobre un tema. Hoy, en cambio, nos acostumbramos a lo efímero, al consumo fraccionado de información banal, a respuestas de quince segundos para problemas que requieren años de estudio. Nos hemos convertido en espectadores de contenidos digestibles que no exigen ningún esfuerzo cognitivo. El pensamiento construido a través de una idea sostenida, aquel que requiere tiempo, silencio y rigor para desarrollarse, ya no encaja en el ideario de la época.

La profecía del “hombre-masa” y la pérdida de la tensión intelectual

En su profética obra La rebelión de las masas (1930), José Ortega y Gasset advertía sobre la aparición del “hombre-masa”: no una clase social, sino un tipo de hombre que se caracteriza por no exigirse a sí mismo, por estar satisfecho con ser idéntico a los demás y por sentir un profundo desinterés hacia el esfuerzo intelectual que sostuvo a la civilización.

Ortega señalaba con lucidez que el hombre-masa aprecia los productos de la tecnología y la civilización (los autos, las medicinas, los teléfonos), pero ignora deliberadamente los principios científicos e históricos que los hicieron posibles. Considera que esos avances son tan naturales como el aire que respira. Al no haber participado en su construcción ni entender el esfuerzo cognitivo que demandaron, cae en la túnica de la complacencia:

“El hombre-masa es aquel que no se valora a sí mismo —en bien o en mal— por razones especiales, sino que se siente ‘como todo el mundo’ y, sin embargo, no se angustia, se siente a gusto al saberse idéntico a los demás.”

Cuando renunciamos a la lectura profunda, renunciamos a esa “tensión interior” que exigía Ortega. Nos transformamos en consumidores pasivos que exigen respuestas inmediatas sin comprender los procesos. En las ciencias de la salud y el rendimiento deportivo, esto es dramático: genera profesionales que repiten recetas y protocolos en lugar de razonar la fisiología o entender el contexto biológico de un ser humano.

La era de la liquidez, el hiperconsumo y el terraplanismo intelectual

Este diagnóstico de Ortega cobra aún más relevancia cuando lo cruzamos con el análisis de los sociólogos contemporáneos. Zygmunt Bauman, en su concepto de modernidad líquida, explicaba cómo las estructuras sólidas del conocimiento, el compromiso y la atención prolongada han sido reemplazadas por vínculos efímeros y un consumo volátil. En una cultura donde la información se desvanece a la misma velocidad con la que se consume, el libro —que exige pausar el ritmo del mundo— se percibe erróneamente como un objeto arcaico.

Por su parte, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han advierte que en la “sociedad del cansancio” y del algoritmo, el exceso de información no genera más verdad, sino más ruido. Nos encontramos sobreestimulados pero profundamente desinformados, atrapados en la “sociedad de la transparencia” donde todo es rápido, superficial y digerible, pero donde ha desaparecido la capacidad de contemplación y la resistencia del pensamiento crítico.

Hoy asistimos a una especie de “terraplanismo intelectual”: una simplificación absurda de la realidad donde la opinión indocumentada cotiza al mismo valor que el conocimiento riguroso, y donde se descarta la complejidad de las estructuras del pensamiento a favor de un eslogan efectista. Como advertía Giovanni Sartori al teorizar sobre el Homo Videns, la imagen ha desplazado a la palabra abstracta, empobreciendo nuestra capacidad de conceptualización. Cuando una sociedad renuncia a pensar en estructuras complejas porque ya no lee, la consecuencia inevitable es el empobrecimiento del debate público y la elevación de liderazgos mediocres e incapaces de guiar a una civilización.

Volver a la gimnasia del pensamiento

Como enseñaba Immanuel Kant al definir la Ilustración: Sapere aude (“Atrévete a saber”). El acto de pensar de manera autónoma exige el coraje de salir de la minoría de edad intelectual, de la comodidad del dogma y de las respuestas precocinadas que nos devuelve una pantalla.

Leer libros no es un pasatiempo elitista ni un hábito obsoleto. Es la gimnasia fundamental del pensamiento crítico. Un libro nos fuerza a desacelerar, a sostener la atención, a dialogar con mentes brillantes que habitaron otros tiempos y a darnos cuenta de que la realidad raras veces es en blanco y negro. Leer nos despoja de la soberbia, nos abre la cabeza, nos enseña a dudar de nuestras certezas más arraigadas y nos dota de las herramientas conceptuales para no ser manipulados.

Mientras la llovizna continúa afuera y los mates se van enfriando, me queda una convicción: si queremos profesionales más capaces en la salud, deportistas más inteligentes, educadores más lúcidos y una sociedad con futuro, necesitamos recuperar de manera urgente el hábito de la lectura. Apagar por un momento la pantalla, abrir un libro y atrevernos, de una vez por todas, a volver a pensar.