El Desafío Incómodo de Pensar en Complejo

Por Lic. Santiago Demarchi

 

Un modelo es una representación deliberadamente simplificada de una realidad o fenómeno complejo. No pretende reproducir la realidad en su totalidad, sino seleccionar aquellos elementos y relaciones considerados relevantes para un propósito determinado. Nos permite organizar información, explicar fenómenos, formular hipótesis y orientar decisiones. Todo modelo parte de ciertos supuestos y, por lo tanto, determina en parte qué observamos, qué medimos y qué preguntas formulamos: los datos solo adquieren un verdadero significado cuando son interpretados dentro de un marco conceptual.

Como bien sintetizó el estadístico británico George E. P. Box en la década de 1970:

“Todos los modelos son incorrectos, pero algunos son útiles.”

Box nos recordaba que un modelo no necesita ser una representación exacta ni perfecta de la realidad para producir conocimiento útil; de hecho, si intentara contener toda la complejidad de la realidad en su totalidad, dejaría de ser un modelo. La pregunta crítica que debemos hacernos en la clínica no es si nuestro esquema es ‘perfectamente verdadero’, sino —como agregaba el propio Box—: ¿cuán equivocado puede estar un modelo antes de dejar de ser útil para el propósito que tenemos?

Los modelos son herramientas provisionales que no se reemplazan de forma desechable, sino que evolucionan. Mediante un proceso dialéctico, las nuevas formulaciones superan las contradicciones del pasado para integrarlas en un nivel superior de comprensión. Así ocurrió en 1977 cuando George Engel propuso el modelo biopsicosocial para trascender el reduccionismo biomédico lineal. Y así volvió a ocurrir en 2016, cuando Natalia Bittencourt presentó en su tesis doctoral el modelo de sistemas complejos aplicado a las lesiones deportivas.

La Dificultad de Pensar en Complejo: ¿Por qué nos Refugiamos en la Simplificación?

A diez años del trabajo de Bittencourt y a casi medio siglo del de Engel, debemos enfrentarnos a una paradoja incómoda. Si la evidencia científica ha dejado al descubierto las contradicciones del paradigma reduccionista… ¿por qué nos cuesta tanto abandonar el modelo biomédico tradicional?

¿Es por comodidad? ¿Es porque la universidad nos formó para buscar piezas defectuosas en lugar de entender relaciones dinámicas? ¿O es porque el pensamiento lineal nos ofrece un refugio de falsa certeza ante la angustia que genera la incertidumbre?

Aceptar la complejidad exige abrazar la ignorancia. Como en la mayéutica socrática reflejada en el Teeteto de Platón, la tarea del profesional no debiera ser imponer respuestas dogmáticas, sino actuar como una partera del conocimiento: formular las preguntas incómodas que ayuden a examinar las propias creencias, sacar a la luz las contradicciones y reconocer los límites de nuestro saber.

Sin embargo, en las ciencias de la salud nos aterra decir “no sé”. Nos da pánico el terreno de lo que no sabemos que no sabemos. Nos resulta infinitamente más fácil agarrarnos de un esquema mecánico —por más equivocado que esté— que aceptar que el dolor o la lesión de un ser humano son propiedades emergentes de un sistema vivo, impredecible y autoorganizado.

  • ¿Por qué seguimos buscando la ‘causa única’ cuando la biología nos habla de redes interconectadas?
  • ¿Por qué insistimos en culpar a una ‘vértebra rotada’, a un ‘hombro más alto que el otro’ o a una ‘pelvis inclinada’ para justificar el dolor de un paciente?
  • ¿Por qué se sigue prescribiendo el estiramiento pasivo de isquiotibiales para un dolor lumbar o pensando en una acromioplastia descompresiva, cuando hoy sabemos que el impingement subacromial es un fenómeno fisiológico absolutamente normal? (El trabajo de Neer de 1972 hoy no pasaría de ser un post rechazado en Instagram).

Nos abrazamos a estos esquemas porque simplifican la tarea de pensar. Nos dan la ilusión de control. Pero la ilusión de control no es salud; es solo un analgésico para el ego del profesional.

Un Cambio Pendiente: De la Certeza Mecánica a la Humildad Sistémica

Pensar en complejo no es simple, pero tampoco debería ser una barrera inalcanzable. Es un compromiso con la verdad científica y la ética humana. Nos debemos una transformación profunda que no puede seguir postergándose:

  1. Cuestionar los Manuales Educativos: ¿Hasta cuándo las aulas universitarias seguirán enseñando el cuerpo como si fuera una máquina estática compuesta por piezas de repuesto? Las cátedras y los docentes debemos actualizar nuestros programas hacia modelos dinámicos e interdisciplinarios.
  2. Transformar la Pregunta Clínica: Pasar del “¿qué estructura está rota?” al “¿cómo está respondiendo este sistema complejo ante las demandas de su entorno, sus miedos, sus cargas y su historia?”.
  3. Perder el Miedo a la Incertidumbre: Entender que la ciencia no consiste en acumular certezas inamovibles, sino en refinar la calidad de las preguntas que le hacemos a la realidad.

Un modelo no es la realidad: es solo una linterna para intentar comprenderla y actuar sobre ella. El cuerpo humano es un ecosistema resiliente, dinámico y profundamente complejo. Abandonar el reduccionismo mecanicista no es un lujo teórico; es el paso dialéctico indispensable para evolucionar hacia una práctica clínica verdaderamente humana.

Lectura recomendada:

  • La estructura de las revoluciones científicas — Thomas S. Kuhn
  • Introducción al pensamiento complejo — Edgar Morin
  • El árbol del conocimiento: Las bases biológicas del entendimiento humano — Humberto Maturana y Francisco Varela
  • La ciencia, su método y su filosofía — Mario Bunge
  • Némesis médica: La expropiación de la salud — Ivan Illich
  • Teeteto — Platón