Por Lic. Germán Muratore
Durante la pandemia, inmersos en la rigidez de la burbuja de la Liga Nacional de Básquetbol, mi amigo y entrenador Sebastián González me prestó un libro que, en el lenguaje de la calle, me voló la cabeza. Me obligó a frenar la pelota en medio de la vorágine del alto rendimiento y mirar más allá de lo puramente técnico.
Recientemente, viendo a mis hijos más grandes atravesar esa etapa vital fascinante de los “por qué”, esa chispa volvió a encenderse. Me sirvió no solo como disparador de reflexión familiar, sino para hacerme una pregunta incómoda: ¿En qué momento de nuestra práctica profesional dejamos de hacernos preguntas? ¿Cuándo sustituimos la curiosidad por la certeza y la escucha por el diagnóstico express?
El Espejismo de la Superespecialización y el Ego Profesional
A medida que sumamos títulos, posgrados y años de cancha, corremos el riesgo de desarrollar una trampa cognitiva: el ego del “superespecializado”. Nos volvemos expertos en la respuesta rápida y lentos para la pregunta abierta.
¿Por qué nos cuesta tanto escuchar a los pacientes todo lo que tienen para contarnos? A menudo, el paciente llega a la consulta no solo con un tejido irritado, sino con una narrativa llena de miedos, incertidumbres y expectativas. Si lo interrumpimos a los pocos segundos para encasillarlo en un protocolo, estamos tratando una “pieza rota”, pero no a una persona.
Este reduccionismo nos lleva a cometer dos errores éticos y clínicos graves:
- Seguir proponiendo tratamientos sin evidencia: Intervenciones pasivas que la ciencia moderna ha demostrado repetidamente que NO funcionan a largo plazo, pero que son cómodas o repetitivas.
- Indicaciones por conveniencia: Recomendar abordajes o herramientas no porque el paciente las necesite, sino porque son comercialmente convenientes para nuestra propia consulta.
La Responsabilidad de Explicar el Proceso
Es habitual escuchar en el ambiente kinesiológico quejas sobre la impaciencia de los pacientes: “Se enojan si no mejoran en una sola sesión”. Sin embargo, como profesionales, debemos asumir nuestra cuota de responsabilidad: ¿No será que no nos tomamos el tiempo de explicarles el proceso?
Si vendemos “soluciones mágicas” o “ajustes instantáneos”, no podemos pretender que el paciente entienda la biología de la adaptación. Cuando un paciente cree que la actividad física es una “pérdida de tiempo” o, peor aún, algo peligroso que le “dañará la columna”, el fracaso no es del paciente; es del sistema de salud que ha fertilizado el miedo en lugar de la resiliencia.
Hacia una Kinesiología Empática y Multicausal
Como profesionales de la salud, tenemos el deber moral de proponer cambios verdaderos y sostenibles. No nos conformemos con generar momentos de motivación pasajera; busquemos construir hábitos.
Para lograrlo, nuestro modelo de trabajo debe fundamentarse en cuatro pilares:
- Escucha Activa y Empatía: Practicar el silencio clínico. Dejar que la persona despliegue su contexto antes de emitir un juicio.
- Educación y Empoderamiento: Explicar que el cuerpo humano no es frágil como el cristal. Las personas son complejas, adaptables y infinitamente más resistentes de lo que nos han hecho creer.
- No Dar Sentencias: Eliminar el vocabulario iatrogénico. Un informe de imagen o un dolor agudo no son una condena perpetua.
- Comprender la Multicausalidad: Entender que el motivo de consulta es el resultado de un ecosistema que incluye el descanso, la gestión de cargas, el estrés y el movimiento.
Reflexión Final
Mi agradecimiento diario es para mis compañeros de equipo y de proyecto en FELD. Tener la libertad de debatir, de cuestionarnos mutuamente las conductas clínicas y de incomodarnos ante lo que creíamos saber es el verdadero motor del aprendizaje.
Recuperemos la capacidad de asombro de un niño. Volvamos a preguntarnos el porqué de cada una de nuestras conductas en el gimnasio y en la camilla. Porque al final del día, una kinesiología que no se cuestiona a sí misma es una kinesiología que deja de evolucionar.







