Por Lic. Santiago Demarchi
Durante años, el dolor fue explicado de manera simple, casi mecánica. Algo se dañaba, ese daño enviaba una señal, y esa señal producía dolor. Un modelo lineal, cómodo, fácil de enseñar… y profundamente incompleto.
Hoy sabemos que esa explicación ya no alcanza para entender el dolor persistente, tampoco para ayudar realmente a las personas que conviven con él y mucho menos para intervenir con criterio clínico sólido.
En este blog no busco sumar otro modelo más, ni repetir conceptos de moda. Busco integrar lo mejor de la evidencia contemporánea sobre dolor y ordenarla en una idea central: el dolor no es una señal de daño, es una experiencia compleja, activa y con sentido biológico.
A lo largo de este blog vamos a recorrer los aportes más relevantes de la literatura científica moderna, desde Melzack hasta Gifford, desde el modelo de miedo‑evitación hasta las perspectivas enactivas, para construir una visión coherente, actual y clínicamente útil del dolor.
El dolor como producción del sistema nervioso
Cuando Melzack propone la teoría de la neuromatriz no está agregando un detalle más al modelo previo, está cambiando la lógica completa desde la cual entendemos el dolor. Hasta ese momento, la mayoría de las explicaciones asumían que el dolor era una consecuencia directa de la activación de nociceptores en los tejidos. Algo se dañaba, esa información viajaba al cerebro y el resultado era dolor. Una cadena lineal, casi automática.
La neuromatriz rompe con esa idea. Melzack plantea que el cerebro no es un receptor pasivo de señales, sino un sistema activo que produce la experiencia de dolor. El dolor no “entra” al cerebro, el cerebro lo construye. Y lo hace a partir de redes neuronales distribuidas que integran múltiples fuentes de información, no solo señales periféricas.
Estas redes generan lo que Melzack llamó neurosignatures, patrones específicos de actividad neural que dan lugar a la experiencia consciente del dolor. Lo importante es que esas neurosignatures no dependen únicamente de la información nociceptiva. Integran variables emocionales, cognitivas, contextuales y experiencias previas. El cerebro evalúa constantemente qué está pasando, qué pasó antes y qué podría pasar después.
Esto explica por qué el dolor puede aparecer sin daño tisular evidente, mantenerse cuando el tejido ya cicatrizó o variar de forma tan marcada entre personas con diagnósticos estructurales similares. Desde este marco, el dolor deja de ser un reflejo del estado del tejido y pasa a ser una interpretación biológica de amenaza.
El dolor fantasma es el ejemplo más extremo y claro. Una persona siente dolor en un miembro que ya no existe. No hay tejido, no hay nociceptores, no hay señal periférica posible. Sin embargo, la experiencia es real, intensa y muchas veces incapacitante. Esto solo es posible si aceptamos que el dolor se genera en el sistema nervioso central a partir de patrones aprendidos y mantenidos en el tiempo.
Lo mismo ocurre, aunque de forma menos evidente, en la clínica cotidiana. Dolores lumbares persistentes, cervicalgias, hombros dolorosos o tendinopatías muestran una correlación muy pobre entre el daño estructural y la experiencia de dolor. Personas con imágenes “alarmantes” pueden no tener dolor, mientras que otras con estudios normales sufren intensamente. La neuromatriz ofrece un marco lógico para entender esta discrepancia.
Desde esta perspectiva, la nocicepción es solo una fuente de información más. Aporta datos sobre cambios químicos, mecánicos o térmicos en los tejidos, pero no determina por sí sola la experiencia de dolor. El cerebro evalúa esa información junto con el contexto, las creencias, el estado emocional, la historia previa y las expectativas. Y recién entonces decide si producir dolor o no.
Por eso la frase es clave: nocicepción y dolor no son lo mismo. La nocicepción informa, el cerebro decide. Y esa decisión no es consciente ni arbitraria, es una respuesta biológica orientada a la protección y la supervivencia.
Si querés, en el próximo paso puedo ampliar cómo esta idea se conecta con Gifford y el organismo maduro, o seguir con las implicancias clínicas directas de pensar el dolor desde la neuromatriz.
Para ampliar este segmento, ver el ANEXO 1 al final del blog.
El organismo maduro y el sentido del dolor
Louis Gifford amplió esta visión con lo que llamó el Mature Organism Model, un modelo que cambia de raíz la forma en que entendemos el dolor. Desde esta perspectiva, el dolor no es un simple reflejo ante un estímulo nocivo ni una falla del sistema, sino una expresión más de la biología del estrés y la supervivencia.
Un organismo maduro no funciona como un cable que transmite señales de forma automática. Funciona como un sistema complejo que evalúa constantemente la situación en la que se encuentra. Ante cualquier estímulo, el sistema nervioso compara información actual con experiencias pasadas, anticipa posibles consecuencias y aprende de lo vivido. La respuesta que emerge no busca precisión diagnóstica, busca seguridad.
En ese contexto, el dolor aparece como una estrategia protectora. No surge porque algo esté necesariamente dañado, sino porque el sistema interpreta que existe una amenaza potencial para la integridad del organismo. Y cuando la información es ambigua o el contexto es incierto, el sistema tiende a sobrerreaccionar. Exagerar la protección es, desde el punto de vista biológico, más seguro que quedarse corto.
El propio Gifford lo plantea con claridad: el problema no es que el sistema genere dolor, sino que mantenga esa respuesta cuando ya no cumple una función adaptativa. Cuando el dolor persiste, se generaliza o aparece en contextos donde ya no hay peligro real, deja de proteger y empieza a limitar.
Esto se entiende mejor cuando observamos qué información toma en cuenta el sistema nervioso. No solo muestrea el estado de los tejidos o la carga mecánica. También integra el entorno, la historia previa de dolor, las creencias sobre el cuerpo, las experiencias con profesionales, el estado emocional y el contexto social. Todo eso pesa en la balanza.
A partir de esa evaluación global, el sistema selecciona conductas. Puede aumentar la tensión, reducir el movimiento, evitar ciertas actividades, generar alerta constante o producir dolor. El dolor no es la causa de esas conductas, es una de las salidas posibles del sistema.
Entender esto cambia completamente la mirada clínica. El dolor deja de ser una señal de error y pasa a ser una señal de protección basada en información acumulada. Y si la información que alimenta al sistema es amenazante, confusa o cargada de miedo, la respuesta protectora será más intensa y persistente, incluso cuando los tejidos estén en condiciones de tolerar mucho más.
Para ampliar este segmento, ver el ANEXO 2 al final del blog.
Cuando el dolor deja de ser agudo y se vuelve persistente
Per Brodal plantea una pregunta incómoda, pero fundamental para cualquiera que trabaje con dolor:
¿por qué el dolor continúa cuando el tejido ya no está lesionado?
La respuesta que propone no es estructural ni mecánica. Es neurobiológica. Y tiene que ver con cómo funciona un sistema diseñado para aprender.
El sistema nervioso no está hecho solo para transmitir señales, sino para adaptarse a la experiencia. Aprende qué es peligroso, qué conviene evitar y qué requiere protección. Ese aprendizaje es clave para la supervivencia, pero también puede volverse un problema.
En el dolor persistente, Brodal describe cómo la plasticidad neural, que normalmente es una ventaja, puede transformarse en una trampa. Las redes neuronales involucradas en la percepción de amenaza se refuerzan, se activan con mayor facilidad y se vuelven menos dependientes del estímulo periférico real.
El sistema entra en un estado de alta sensibilidad. No porque esté dañado, sino porque aprendió a protegerse de más.
En ese proceso, el cerebro empieza a asociar experiencias que antes eran neutras con peligro. El movimiento deja de ser solo movimiento y pasa a significar amenaza. La carga deja de ser estímulo y se convierte en riesgo. El dolor deja de ser una señal y pasa a ser una confirmación de daño, aunque ese daño ya no exista.
Estas asociaciones no aparecen de un día para otro. Se construyen con la experiencia, con episodios previos, con mensajes recibidos, con intentos fallidos de “cuidarse”. Y una vez aprendidas, pueden mantenerse incluso cuando el contexto cambia.
Por eso muchas personas siguen sintiendo dolor aun después de que el tejido sanó. El dolor ya no informa sobre el estado actual del cuerpo, sino sobre una interpretación aprendida de amenaza.
Desde esta mirada, el problema no es que el sistema funcione mal, sino que funciona demasiado bien en un contexto que ya no lo necesita.
Para ampliar este segmento, ver el ANEXO 3 al final del blog.
Miedo, evitación y metas: más allá del modelo clásico
El modelo de miedo-evitación fue uno de los grandes avances para entender el dolor crónico. Ayudó a explicar por qué muchas personas, al sentir dolor, empiezan a evitar movimiento, pierden condición física, reducen su participación en la vida diaria y terminan atrapadas en un círculo de dolor y discapacidad.
Pero con el tiempo, la evidencia mostró que el modelo original se quedaba corto.
No todas las personas con dolor evitan por miedo. Y no toda evitación se explica por catastrofismo o amenaza directa.
Las versiones más actuales del modelo incorporan algo clave: las personas no viven solo para evitar dolor, viven para alcanzar cosas que consideran importantes.
Trabajar, entrenar, rendir, sostener una identidad deportiva, cumplir un rol familiar, no fallar. El dolor empieza a interferir con esas metas, y la evitación muchas veces surge como una estrategia para proteger algo más grande que el cuerpo.
En este punto, los estudios muestran que una persona puede seguir moviéndose a pesar del miedo si el objetivo lo amerita, o evitar incluso sin miedo si siente que moverse no vale la pena, no tiene sentido o amenaza su identidad.
Esto cambia profundamente la forma de intervenir.
Ya no alcanza con decir “no tengas miedo” o “tu cuerpo es fuerte”. Tampoco con exponer al movimiento de manera aislada. Si el movimiento no conecta con algo significativo para la persona, la intervención pierde potencia.
La nueva generación del modelo de miedo-evitación integra motivación, valores y autorregulación. Entiende que el dolor no se mueve solo en el eje amenaza-seguridad, sino también en el eje sentido-sinsentido.
Desde esta perspectiva, el objetivo no es solo reducir miedo, sino reconstruir la relación entre movimiento y propósito. Ayudar a que la persona vuelva a moverse no porque “no pasa nada”, sino porque moverse vuelve a tener sentido en su vida.
Cuando eso ocurre, el sistema nervioso empieza a recibir otra información. El movimiento deja de ser solo una fuente de alerta y pasa a ser una herramienta para recuperar capacidad, autonomía y confianza.
Y muchas veces, el dolor empieza a cambiar como consecuencia de eso, no como condición previa.
Preocupación, rumiación y el problema mal planteado
Eccleston y Crombez aportan una idea tan simple como profunda: en el dolor crónico, muchas personas quedan atrapadas en un proceso de resolución de problemas mal dirigido.
La preocupación constante ,¿por qué duele?, ¿cómo lo hago desaparecer?, ¿y si empeora?, es un intento legítimo de resolver un problema. El problema es que muchas veces ese problema no tiene una solución definitiva.
Buscar eliminar por completo el dolor puede convertirse en un bucle interminable que mantiene la atención, la amenaza y el sufrimiento.
Romper ese ciclo no implica resignación, sino reformular el problema: no “cómo eliminar el dolor”, sino “cómo vivir mejor aun con dolor”.
El dolor como experiencia enactiva y situada
Las perspectivas enactivas introducen un giro conceptual aún más profundo en la comprensión del dolor: el dolor no reside exclusivamente en los tejidos ni en el cerebro, sino que emerge de la interacción continua entre el organismo y su entorno. Es una experiencia que se construye en tiempo real, en función de cómo el cuerpo se relaciona, actúa y se adapta al mundo que habita.
Desde esta mirada, el dolor es una experiencia:
- Encarnada, inseparable del cuerpo vivido y de sus capacidades de acción.
- Situada, dependiente del contexto físico, social y cultural en el que ocurre.
- Enactiva, ya que se configura a través del movimiento, la acción y la exploración del entorno.
- Emocional, profundamente modulada por los estados afectivos y los sistemas de regulación del estrés.
- Extendida, porque involucra no solo al sistema nervioso, sino también al ambiente, las relaciones interpersonales, las narrativas personales y los significados atribuidos a la experiencia.
El dolor, entonces, no es simplemente algo que le sucede al individuo, sino algo que se co-construye en la relación entre el cuerpo, la historia personal y el contexto presente. Cambios en el entorno, en la forma de moverse, en los vínculos sociales o en las interpretaciones del cuerpo pueden transformar profundamente la experiencia dolorosa, incluso sin modificaciones estructurales evidentes.
Desde esta perspectiva, abordar el dolor implica mucho más que intervenir sobre tejidos o cogniciones aisladas. Supone facilitar nuevas formas de interacción con el entorno, ampliar el repertorio de movimiento, reconstruir la confianza corporal y generar experiencias que permitan habitar el cuerpo de un modo más seguro y funcional. El tratamiento se convierte así en un proceso de re–aprendizaje situado, donde la acción, el contexto y el significado son tan centrales como la biología.
Flares, variabilidad y la experiencia real del paciente
La investigación sobre los flares en el dolor lumbar aporta una enseñanza fundamental: un brote no siempre equivale a más dolor en términos de intensidad. En muchos casos, las personas describen episodios de flare sin un aumento significativo del dolor medido en escalas numéricas, pero con un claro empeoramiento de otros dominios relevantes de la experiencia.
Durante estos episodios suelen aparecer alteraciones del sueño, mayor fatiga, aumento del miedo al movimiento, hipervigilancia corporal y una reducción marcada de la función. Es decir, el flare se expresa más como una perturbación global del sistema que como un simple incremento de la señal dolorosa.
Esto refuerza una idea central: evaluar el dolor únicamente a través de la intensidad es insuficiente y, en muchos casos, engañoso. El dolor es una experiencia compleja y dinámica que involucra dimensiones físicas, emocionales, cognitivas y funcionales, y cuya variabilidad refleja cambios en la regulación del sistema nervioso más que en el estado de los tejidos.
Desde esta perspectiva, comprender y abordar los flares requiere ampliar la mirada clínica: atender al contexto, a la carga de estrés, a los patrones de actividad, al descanso, a las creencias y a la capacidad funcional. El dolor no es solo un número, sino una experiencia vivida que se manifiesta de múltiples formas y que solo puede entenderse plenamente cuando se considera al paciente en su totalidad.
¿Y los tejidos? El caso del hombro
La evidencia actual sobre el dolor relacionado con la cofia de los rotadores confirma algo que la práctica clínica viene mostrando desde hace tiempo: las explicaciones puramente mecánicas resultan insuficientes para comprender la experiencia dolorosa del hombro.
Factores estructurales como el pinzamiento, la forma del acromion o el espacio subacromial no explican de manera consistente ni la presencia ni la intensidad del dolor. Personas con alteraciones morfológicas pueden estar asintomáticas, mientras que otras con hallazgos mínimos presentan dolor significativo. En este contexto, cobran mayor relevancia los procesos nociceptivos de tipo químico, la sensibilización periférica y, especialmente, la modulación del sistema nervioso central.
Este enfoque no niega el rol del tejido, sino que lo reubica dentro de un sistema más amplio. El estado del tendón, la carga mecánica y los procesos inflamatorios importan, pero su impacto sobre el dolor depende de cómo esas señales son interpretadas, amplificadas o inhibidas por el sistema nervioso, en interacción con el contexto y la historia del individuo.
El tejido importa, pero no manda solo. El dolor de hombro emerge de la interacción entre estructuras, biología, regulación neural, expectativas y comportamiento. Comprender esta complejidad permite abandonar modelos reduccionistas y avanzar hacia abordajes más integradores, funcionales y centrados en la persona.
Una idea final
El dolor no es un enemigo. Es una señal con historia, contexto y sentido biológico.
Entenderlo así no lo minimiza. Lo vuelve abordable.
Cuando dejamos de buscar una causa única y empezamos a ver al organismo completo ,con su sistema nervioso, su historia, sus miedos, sus metas y su entorno, el dolor deja de ser un misterio y se convierte en un fenómeno comprensible.
Ese es el desafío actual.
Y también la oportunidad.
Un cambio de paradigma que ya está en marcha
En los últimos años empezó a hacerse evidente algo que muchos clínicos venían intuyendo desde la práctica: seguir pensando el dolor desde modelos lineales, biomecánicos y reduccionistas no solo es insuficiente, sino que puede ser contraproducente.
Autoras como Natalia Bittencourt han sido muy claras en señalar este punto, especialmente en el ámbito del deporte y las lesiones. El problema no es solo qué hacemos como profesionales, sino desde dónde lo pensamos.
El paradigma clásico parte de una lógica sencilla: identificar el factor de riesgo, corregirlo, prevenir el problema. Pero cuando se observa la evidencia con honestidad, ese enfoque empieza a tambalear.
Muchas de las variables que durante años se consideraron determinantes ,alineaciones, patrones de movimiento “incorrectos”, debilidades específicas, no predicen de manera consistente ni el dolor ni las lesiones. Sin embargo, el dolor sigue apareciendo. Y las personas siguen sufriendo.
El cambio de paradigma que propone Bittencourt no niega el cuerpo ni el entrenamiento. Lo que cuestiona es la idea de control absoluto. El cuerpo humano no es una máquina frágil que se rompe por desviarse de un ideal, sino un sistema complejo, adaptable y robusto, que responde a múltiples estresores de manera no lineal.
Desde esta mirada, el dolor deja de ser un error técnico y pasa a ser una respuesta emergente dentro de un sistema vivo.
Variabilidad, adaptación y el fin del cuerpo “ideal”
Uno de los puntos más potentes de este nuevo enfoque es la revalorización de la variabilidad.
Durante mucho tiempo se buscó eliminarla: mismo gesto, misma técnica, mismo patrón para todos. Hoy sabemos que la variabilidad no es ruido, es información. Es una estrategia del sistema para adaptarse, distribuir cargas y reducir amenazas.
Intentar imponer un único modo “correcto” de moverse puede, paradójicamente, aumentar la sensibilidad al error y la amenaza, favoreciendo contextos donde el dolor aparece con mayor facilidad.
Aquí el dolor no surge porque el cuerpo esté mal diseñado, sino porque el sistema entra en estados de alta vigilancia, baja tolerancia y escasa flexibilidad.
Kieran O’Sullivan y el problema del lenguaje
Otro aporte fundamental al cambio de paradigma viene de la mano de Kieran O’Sullivan, especialmente en el campo del dolor lumbar.
Uno de sus mensajes más claros es que no solo tratamos cuerpos: tratamos personas inmersas en narrativas. Y muchas de esas narrativas son creadas ,sin mala intención, por los propios profesionales.
Términos como “desgaste”, “inestabilidad”, “discos aplastados” o “espalda frágil” pueden parecer descriptivos, pero tienen un enorme impacto en cómo una persona interpreta su dolor.
O’Sullivan muestra cómo las creencias negativas sobre la espalda se asocian con:
- mayor discapacidad,
- más miedo al movimiento,
- peor pronóstico,
- mayor persistencia del dolor.
El lenguaje no es neutro. Educar desde el miedo genera cuerpos defensivos. Educar desde la capacidad genera movimiento, exploración y adaptación.
De corregir fallas a construir capacidad
Uno de los grandes aportes de O’Sullivan es el pasaje de un modelo centrado en “corregir” a uno orientado a construir capacidad.
No se trata de encontrar el movimiento perfecto, sino de ayudar al sistema a:
- tolerar carga,
- exponerse progresivamente,
- recuperar confianza,
- ampliar su repertorio motor.
El dolor persistente muchas veces no refleja incapacidad estructural, sino incapacidad percibida. El sistema actúa como si no pudiera, aunque biológicamente sí pueda.
Restaurar esa confianza es tan importante como cualquier estímulo físico.
Integrando todo: el dolor como señal contextual
Si unimos los aportes de Melzack, Gifford, Brodal, Eccleston, Crombez, las miradas enactivas, Bittencourt y O’Sullivan, aparece una idea transversal:
El dolor es una experiencia contextual, no un marcador directo de daño.
Surge cuando el sistema interpreta que algo amenaza su integridad, su futuro o su capacidad de actuar en el mundo.
Esa amenaza puede venir de:
- tejidos sensibilizados,
- experiencias previas,
- creencias,
- mensajes profesionales,
- expectativas,
- contextos sociales y deportivos,
- presión por rendir o no fallar.
El cuerpo no responde solo a fuerzas mecánicas, responde a significados.
Implicancias reales para la práctica
Este cambio de paradigma no es teórico. Tiene consecuencias concretas en la práctica:
- Dejar de buscar causas únicas.
- Abandonar explicaciones catastrofistas.
- Priorizar la exposición progresiva por sobre la corrección obsesiva.
- Usar el lenguaje como herramienta terapéutica.
- Entender que el dolor puede cambiar antes que la estructura.
Y, sobre todo, volver a poner a la persona en el centro, no a la imagen, el test o el ángulo perfecto.
Cerrar el círculo
El dolor no es un error ni un fallo del cuerpo.
Es la expresión de un sistema complejo que intenta protegerse utilizando los recursos que tiene disponibles en ese momento.
Cuando esas herramientas son limitadas —miedo, rigidez, hipervigilancia, evitación— el dolor puede volverse persistente.
Cuando logramos ampliarlas —a través del movimiento, la comprensión, la confianza, la variabilidad, el contexto y el sentido— muchas veces el dolor deja de ser necesario como señal de alarma dominante.
Este enfoque no propone soluciones rápidas ni respuestas mágicas. Propone algo más difícil y más honesto: entender el dolor como un proceso dinámico, influido por la biología, la experiencia, el entorno y la historia de cada persona.
Cerrar el círculo implica dejar atrás modelos reduccionistas y acompañar al sistema a recuperar su capacidad de adaptación.
Mi tesis es que debemos dejar de simplificar lo que es inherentemente complejo y empezar, verdaderamente, a comprenderlo. Comprenderlo desde los principios, desde la honestidad intelectual y desde la conciencia de que existen límites en nuestro conocimiento: hay cosas que aún no sabemos que no sabemos.
Esto nos exige una actitud distinta como profesionales: más humildad, más pensamiento crítico y mayor apertura. Implica no quedar atrapados en modelos únicos ni en escuelas dogmáticas, entendiendo que todo modelo es, por definición, una simplificación parcial de la realidad.
La flexibilidad conceptual no es debilidad, sino una fortaleza clínica. Nos permite integrar evidencia, experiencia y contexto, adaptarnos a cada persona y revisar nuestras certezas cuando la realidad las desafía.
Solo desde esa posición, crítica, abierta y no fundamentalista, es posible abordar fenómenos complejos como el dolor sin traicionar su naturaleza y sin reducir al paciente a una explicación cómoda, pero incompleta.
Anexo 1 – Pain and the Neuromatrix in the Brain – Ronald Melzack

Esta figura sintetiza el modelo de la neuromatriz del dolor propuesto por Ronald Melzack, el cual plantea que el dolor no es una señal directa ni proporcional al estado de los tejidos, sino una experiencia emergente generada por la actividad integrada de una red cerebral distribuida: la body-self neuromatrix.
La neuromatriz integra información proveniente de tres grandes dimensiones:
- Cognitivo-evaluativa: experiencias previas de dolor, aprendizaje cultural, creencias, expectativas, foco atencional y estados emocionales como ansiedad o depresión.
- Sensorial-discriminativa: señales somáticas, viscerales y sensoriales que incluyen información de la piel, los músculos, las articulaciones, la visión y el sistema vestibular.
- Motivacional-afectiva: sistemas relacionados con el estrés y la emoción, como el eje hipotálamo-hipófiso-adrenal (HPA), el sistema nervioso simpático, el sistema inmune y los sistemas de modulación endógena del dolor.
Estos inputs no actúan de forma aislada, sino que se integran dinámicamente en el cerebro, dando lugar a distintos outputs:
- La percepción del dolor, que combina componentes sensoriales, cognitivos y emocionales.
- Programas de acción, que incluyen respuestas automáticas, movimientos voluntarios, conductas de protección, comunicación social y estrategias de afrontamiento.
- La regulación del estrés, mediante la modulación hormonal, neuroquímica e inmune.
La idea central del modelo es que el dolor es una experiencia multidimensional y construida, que emerge de la interacción continua entre el cuerpo, el cerebro y el contexto. Su expresión depende de la historia del individuo, su biografía, su estado emocional y el entorno, y no puede explicarse únicamente por el daño tisular.
Anexo 2 – The mature organism model – Louis Gifford

Figura 2.1 – El organismo maduro y la homeostasis
Esta imagen representa el funcionamiento básico de un organismo sano y adaptativo. El sistema nervioso central recibe información de manera constante desde dos grandes fuentes: los tejidos del cuerpo y el entorno. A este proceso Gifford lo llama sampling, es decir, muestreo continuo de información relevante para la supervivencia.
El cerebro no responde de forma automática. Antes de generar una respuesta, analiza y evalúa esa información, proceso que Gifford denomina scrutinise. A partir de esa evaluación, el sistema produce salidas que modifican el comportamiento y la fisiología, siempre con un objetivo central: mantener la vida y el equilibrio interno.
En este estado, el organismo funciona de manera flexible. Las respuestas son proporcionales, ajustadas al contexto y reversibles. El dolor, si aparece, cumple un rol transitorio y protector.

Figura 2.2 – La lesión como evento inicial
En esta imagen aparece un evento lesivo a nivel del tejido y del entorno. Esa alteración genera un aumento en la información que llega al sistema nervioso.
El cerebro comienza a prestar mayor atención a esas señales y el proceso de evaluación se intensifica. El dolor emerge aquí como una experiencia perceptiva principalmente sensorial, vinculada a la lesión reciente.
Es importante entender que en esta etapa el dolor no es todavía un problema. Es una respuesta lógica, adaptativa y coherente con el contexto. El sistema busca proteger el área, limitar conductas riesgosas y facilitar la recuperación.

Figura 2.3 – El cerebro muestreándose a sí mismo
Esta figura marca uno de los puntos más revolucionarios del modelo de Gifford. El cerebro no solo muestrea tejidos y entorno, también se muestrea a sí mismo.
Esto incluye:
- experiencias previas,
- conocimientos,
- creencias,
- cultura,
- aprendizajes propios,
- aprendizajes observados en otros.
Toda esa información interna pasa a formar parte del proceso de evaluación. El dolor deja de depender únicamente del estado del tejido y empieza a estar influenciado por la historia de la persona.
Aquí comienza a entenderse por qué dos personas con lesiones similares pueden tener experiencias de dolor completamente distintas.

Figura 2.4 – Dimensión cognitiva y afectiva del dolor
En esta imagen el modelo muestra cómo el dolor deja de ser solo una percepción sensorial y pasa a integrar pensamientos y emociones.
La percepción de dolor, combinada con pensamientos alterados, construye la dimensión cognitiva. La percepción de dolor, combinada con emociones alteradas, construye la dimensión afectiva.
Estas dimensiones no son secundarias. Le dan valor a la experiencia dolorosa y amplifican su impacto. A partir de ellas, el sistema nervioso genera respuestas fisiológicas y conductuales cada vez más marcadas.
En este punto, el dolor empieza a influir de forma significativa en cómo la persona se mueve, actúa, se expone o se retrae del entorno.

Figura 2.5 – Memoria, aprendizaje y persistencia del dolor
La última imagen muestra cómo la experiencia dolorosa puede almacenarse en la memoria. No solo como recuerdo consciente, sino también como huella neural implícita.
Este aprendizaje tiene un sentido evolutivo: ayuda a evitar peligros futuros. El problema aparece cuando el contexto cambia, pero el sistema sigue respondiendo como si la amenaza estuviera presente.
El dolor puede reaparecer sin lesión activa, sostenido por redes neuronales ya aprendidas. En este punto, el dolor deja de informar daño actual y pasa a expresar una interpretación persistente de amenaza.
Esta figura ayuda a entender por qué el dolor puede mantenerse en el tiempo incluso cuando los tejidos ya sanaron.
Anexo 3 – A neurobiologist´s attempt to understand persistent pain – Per Brodal

La figura ilustra cómo el significado que una persona le atribuye al dolor puede conducir a trayectorias completamente diferentes luego de una lesión o de un evento estresante.
Cuando el dolor es interpretado como comprensible, controlable y transitorio, el sistema nervioso lo evalúa como una señal no amenazante. En este contexto, la función se conserva, el cuerpo es percibido como “normal” y la experiencia dolorosa pierde relevancia con el avance de la recuperación, sin dejar una huella persistente en la memoria de dolor.
Por el contrario, cuando el dolor se vive como inexplicable, incontrolable o crónico, el sistema nervioso lo interpreta como una amenaza. Esto impacta sobre los modelos internos del cuerpo (esquema corporal, sentido de pertenencia y control), favoreciendo un estado de alarma sostenida e hipersensibilidad. El resultado es un dolor persistente que trasciende el tejido y afecta dimensiones físicas, emocionales, cognitivas y funcionales.
La imagen refuerza una idea central: no es únicamente la lesión la que determina la evolución, sino la interpretación del dolor, modulada por la vulnerabilidad individual y el contexto, la que define si el sistema vuelve a la normalidad o si el dolor se cronifica.
Referencias y artículos recomendados
- Melzack, R. (1999). From the gate to the neuromatrix. Pain, 82(Suppl. 1), S121–S126.
https://doi.org/10.1016/S0304-3959(99)00145-1 - Melzack, R. (2001). Pain and the neuromatrix in the brain. Journal of Dental Education, 65(12), 1378–1382.
- Caneiro, J. P., O’Sullivan, P., Lipp, O. V., Mitchinson, D., & Hodges, P. W. (2017). Evaluation of implicit associations between back posture and safety of bending and lifting in people with and without low back pain. Scandinavian Journal of Pain, 17, 62–68.
https://doi.org/10.1016/j.sjpain.2017.03.001 - Cholewicki, J. (2019). Can biomechanics research lead to more effective treatment of low back pain? A point–counterpoint debate. Journal of Orthopaedic & Sports Physical Therapy, 49(6), 401–403.
https://doi.org/10.2519/jospt.2019.0606 - Lewis, J. S. (2016). Rotator cuff related shoulder pain: Assessment, management and uncertainties. Manual Therapy, 23, 57–68.
https://doi.org/10.1016/j.math.2016.03.009 - Dean, B. J. F., Franklin, S. L., Murphy, R. J., Javaid, M. K., & Carr, A. J. (2014). Glutamate receptors and pain in rotator cuff disease. Journal of Shoulder and Elbow Surgery, 23(5), 665–671.
https://doi.org/10.1016/j.jse.2013.08.013 - Cook, C. E., George, S. Z., Reiman, M. P., & Wright, A. A. (2018). Pain and disability changes in low back pain flares. Journal of Orthopaedic & Sports Physical Therapy, 48(8), 630–639.
https://doi.org/10.2519/jospt.2018.8024
Libros recomendados
- Johnson, S. (1998). ¿Quién se ha llevado mi queso?
- García, D. (2021). Para que no duela tanto







