Por Lic. Santiago Demarchi
Durante décadas, la prevención de lesiones en el deporte se sostuvo sobre ideas simples, fácilmente comunicables y culturalmente aceptadas. Elongar para no lesionarse fue, y en muchos contextos sigue siendo, una de las indicaciones más frecuentes tanto en el ámbito médico como en el deportivo. A esta recomendación se le sumaron, con el tiempo, ejercicios de movilidad general, rutinas estandarizadas y protocolos aplicados casi de forma automática, muchas veces desconectados del deporte, del contexto y del propio atleta. El problema no es que estas prácticas existan, sino que se las haya presentado como soluciones universales, cuando la evidencia muestra que la realidad es bastante más compleja.
La relación directa entre estiramientos y reducción del riesgo de lesión carece de sustento sólido. Más allá de situaciones muy específicas, como la necesidad de una movilidad adecuada en determinadas articulaciones para disminuir el riesgo de algunas tendinopatías o lesiones ligamentarias como el LCA, no existe evidencia que respalde la idea de que elongar más, en sí mismo, prevenga lesiones. Incluso, asumir que todos los deportistas deberían buscar mayores rangos de movimiento ignora una realidad fundamental del rendimiento: muchos atletas rinden, compiten y se mantienen sanos gracias a su robustez estructural, no a su elasticidad. No todos necesitan alcanzar rangos extremos, ni mejorar su movilidad, ni sostener niveles de flexibilidad elevados. En muchos casos, hacer eso puede ser irrelevante o directamente innecesario.
La movilidad, como cualquier otra capacidad física, es específica. Depende del deporte, de la posición, del estilo de juego, del historial de lesiones, de la edad biológica, del volumen y la intensidad de la carga, y del momento de la temporada. Pretender que exista un estándar universal de movilidad “correcta” es desconocer la naturaleza individual y contextual del rendimiento deportivo. Este reduccionismo es similar al que durante años dominó el estudio de las lesiones, donde se intentó explicarlas a partir de factores aislados, relaciones lineales y asociaciones simples.
La literatura más reciente plantea un cambio de paradigma claro. Las lesiones no son el resultado de una única causa, ni de un único déficit, sino que emergen de la interacción dinámica de múltiples variables que cambian en el tiempo. El deportista debe entenderse como un sistema dinámico complejo, donde la carga, la capacidad del tejido, el contexto competitivo, el entorno psicosocial y la historia previa interactúan de manera no lineal. En este marco, conceptos como “factor de riesgo” han sido profundamente cuestionados. Tal como señalan Stovitz, Impellizzeri y Shrier, confundir asociación con causalidad ha llevado a errores importantes en la práctica clínica y en la interpretación de la evidencia, promoviendo intervenciones basadas en indicadores débiles o mal comprendidos.
Este mismo problema aparece cuando se analizan algunos modelos clásicos de prevención basados en ratios de fuerza, asimetrías o valores de referencia aislados. Estudios sobre la confiabilidad de mediciones isocinéticas, por ejemplo, muestran que muchas de estas métricas tienen una estabilidad limitada y una capacidad predictiva pobre cuando se las utiliza fuera de contexto. Aun así, durante años se tomaron decisiones clínicas y deportivas importantes basadas en estos valores, reforzando la idea de que corregir un número equivalía a reducir el riesgo de lesión.
Algo similar ocurre con ciertos ejercicios que se instalaron como “preventivos” casi por decreto. El caso del Nordic hamstring es un ejemplo claro. Reanálisis metodológicos recientes muestran que el efecto preventivo de este ejercicio es, como mínimo, inconcluso cuando se revisan críticamente los métodos de los meta-análisis previos. Esto no significa que el ejercicio sea inútil, sino que su impacto no puede entenderse de forma aislada ni extrapolarse como una solución universal. La prevención no falla por falta de ejercicios, falla cuando se la simplifica en exceso.
En contraste con este escenario, hay un elemento que atraviesa de manera consistente toda la evidencia: el entrenamiento de la fuerza. El meta-análisis de Lauersen y colaboradores mostró con claridad que ninguna intervención supera al entrenamiento de la fuerza en la reducción del riesgo de lesión. Este hallazgo no es casual ni circunstancial. La fuerza mejora la capacidad del sistema musculoesquelético para tolerar carga, aumenta la rigidez funcional de los tejidos, optimiza la estabilidad articular activa y reduce el estrés relativo frente a las demandas externas. En otras palabras, prepara al cuerpo para el deporte real, no para un ideal teórico de movimiento “perfecto”.
Los trabajos de Impellizzeri, Kalkhoven y Coutts refuerzan esta idea desde otra perspectiva: la carga no es el problema, el problema es la falta de capacidad para tolerarla. Evitar la carga no previene lesiones; dosificarla, progresarla y adaptarse a ella, sí. En este sentido, el entrenamiento de la fuerza no es una herramienta accesoria ni un complemento opcional, sino un pilar central del desarrollo y la salud del deportista, independientemente del deporte que practique.
Sin embargo, en disciplinas como el fútbol o en ciertas expresiones de la danza y el deporte artístico, persisten culturas que rechazan el entrenamiento pesado. Se construyen modelos de fragilización del deportista, donde se lo protege de la carga en lugar de prepararlo para ella. A esto se suma el miedo del propio atleta a entrenar con pesos elevados, por temor a volverse lento, rígido o pesado. Este miedo no solo carece de fundamento, sino que contradice sistemáticamente lo que se observa en el alto rendimiento.
Los atletas más veloces del mundo no son débiles. Presentan niveles muy altos de fuerza relativa y valores de fuerza máxima que serían impensados para quien aún cree que la fuerza enlentece. En ligas como la NBA, la Euroliga, la NFL o el rugby profesional, el entrenamiento con pesas pesadas es una constante, no una excepción. No porque busquen hipertrofia estética, sino porque entendieron que sin fuerza no hay rendimiento sostenible ni prevención posible.
El temor a “quedar como un fisicoculturista” refleja una profunda incomprensión de los procesos de adaptación. Desarrollar una hipertrofia extrema requiere años de entrenamiento específico, volúmenes elevados, una nutrición orientada exclusivamente a ese objetivo y, muchas veces, ayudas farmacológicas. Entrenar fuerza no vuelve lento, ni rígido, ni torpe. Lo que vuelve disfuncional es entrenar sin criterio, sin contexto y sin comprensión del deporte.
Tal vez el mayor error en la prevención de lesiones haya sido intentar separarla del entrenamiento real. El cuerpo no distingue entre ejercicios preventivos y ejercicios de rendimiento; solo responde a la carga que recibe y a cómo esa carga se organiza en el tiempo. Preparar al deportista para tolerar, absorber y producir fuerza en condiciones cada vez más exigentes es, hoy, la estrategia más honesta y respaldada por la evidencia para reducir lesiones. Todo lo demás, cuando se presenta como solución universal, corre el riesgo de ser solo una ilusión de control.

Referencias
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Lauersen, J. B., Bertelsen, D. M., & Andersen, L. B. (2014). The effectiveness of exercise interventions to prevent sports injuries: A systematic review and meta-analysis of randomised controlled trials. British Journal of Sports Medicine, 48(11), 871–877. https://doi.org/10.1136/bjsports-2013-092538
Meeuwisse, W. H., Tyreman, H., Hagel, B., & Emery, C. (2007). A dynamic model of etiology in sport injury: The recursive nature of risk and causation. Clinical Journal of Sport Medicine, 17(3), 215–219. https://doi.org/10.1097/JSM.0b013e3180592a48
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Impellizzeri, F. M., McCall, A., Ward, P., Bornn, L., & Coutts, A. J. (2020). Training load and its role in injury prevention, part II: Conceptual and methodological pitfalls. Journal of Athletic Training, 55(9), 893–901. https://doi.org/10.4085/1062-6050-501-19
Stovitz, S. D., Impellizzeri, F. M., & Shrier, I. (2025). The risks of misunderstanding the term “risk factor”: A primer with suggestions to improve sports medicine. Sports Medicine. Advance online publication. https://doi.org/10.1007/s40279-025-02378-0
Impellizzeri, F. M., McCall, A., van Smeden, M., & McCall, A. (2021). Why methods matter in a meta-analysis: A reappraisal showed inconclusive injury preventive effect of Nordic hamstring exercise. Journal of Clinical Epidemiology, 140, 111–124. https://doi.org/10.1016/j.jclinepi.2021.09.007
Impellizzeri, F. M., Bizzini, M., Rampinini, E., Cereda, F., & Maffiuletti, N. A. (2008). Reliability of isokinetic strength imbalance ratios measured using the Cybex NORM dynamometer. Clinical Physiology and Functional Imaging, 28(2), 113–119. https://doi.org/10.1111/j.1475-097X.2007.00786.x







