Por Lic. Santiago Demarchi
Si hoy saliéramos a la calle y eligiéramos diez personas sin dolor de espalda para hacerles una resonancia magnética, los resultados desafiarían nuestra lógica médica tradicional: tres o cuatro tendrían una hernia discal. A los 80 años, esa cifra alcanzaría el 96%. Esta desconexión entre lo que muestra la imagen y lo que siente el paciente nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿estamos tratando una columna o estamos tratando a una persona?
Más allá de la mecánica: el modelo de Sistemas Complejos
Durante décadas, la kinesiología se apoyó en un modelo lineal: “tienes una hernia (A), por lo tanto tienes dolor (B)”. Sin embargo, el trabajo de Natalia Bittencourt propone una visión distinta: las lesiones no responden a una única causa, sino a la interacción de múltiples variables dentro de Sistemas Complejos.
Desde esta perspectiva, el dolor lumbar no es una “pieza rota”, sino un estado emergente de un ecosistema que incluye genética, carga de entrenamiento, sueño, salud metabólica y contexto psicosocial. Como en cualquier sistema complejo, modificar un componente impacta en el conjunto. El cuerpo no funciona en compartimentos aislados.

El mapa de la incertidumbre: Cholewicki 2019
El estudio de Jacek Cholewicki (2019) ofrece una representación clara de esta complejidad: una red donde el dolor ocupa el centro de factores individuales, psicológicos, biomecánicos y sociales.
En ese mapa, el tejido —hernia o degeneración— es solo un nodo más. Variables como el miedo al movimiento, el entorno laboral o la sensibilidad del sistema nervioso central pueden influir tanto como la estructura física.

La biología de la autocuración: ¿qué ocurre con la hernia?
Uno de los mayores temores es que una hernia sea permanente. Sin embargo, el cuerpo dispone de un sistema de “limpieza” altamente eficaz. Cuando el material discal se extruye, el sistema inmunitario lo identifica como extraño y activa una respuesta inflamatoria que recluta macrófagos encargados de fagocitarlo.
La evidencia muestra que alrededor del 66% de las hernias se reabsorben espontáneamente (es decir, sin hacer absolutamente nada). Además, cuanto mayor es la hernia, mayor suele ser la probabilidad de regresión.
La paradoja de la extrusión: Por qué las grandes se curan mejor
Como mencioné anteriormente, la evidencia científica demuestra que existe una relación directa entre el tipo de hernia y su probabilidad de regresión espontánea. Curiosamente, cuanto más grave o voluminosa parece la hernia en la imagen inicial, mayor es su tasa de curación sin cirugía, debido a una mayor exposición al torrente sanguíneo y, por ende, a las células inmunitarias.
Basándonos en la revisión sistemática de Chiu et al. (2015), estas son las probabilidades de regresión espontánea según la clasificación del tejido discal:
- 96% para el secuestro de discos: Este es el caso más favorable para la reabsorción. Ocurre cuando un fragmento de disco se desprende por completo y queda “suelto” en el espacio epidural, permitiendo un ataque masivo y efectivo por parte de los macrófagos del sistema inmunitario.
- 70% para la extrusión de discos: La tasa sigue siendo muy alta. En este tipo de hernia, el núcleo pulposo atraviesa todas las capas del anillo fibroso pero sigue conectado al disco.
- 41% para el prolapso de discos: La probabilidad de regresión disminuye de forma significativa.
- 13% para la protrusión de discos: Esta es la tasa más baja de reabsorción espontánea. Las protrusiones pequeñas a menudo no están expuestas al torrente sanguíneo, por lo que el sistema inmunitario no las detecta como “cuerpos extraños” y permanecen allí, a menudo sin causar síntomas.
Este hallazgo es crucial para el empoderamiento del paciente: saber que el 96% de los secuestros (casos aparentemente graves) se reabsorben solos permite afrontar la rehabilitación con una mentalidad de resiliencia y confianza en la biología del propio cuerpo.
¿Malas posturas o falta de variabilidad?
Durante décadas, la kinesiología y la ergonomía se centraron en la búsqueda de la “postura ideal”, bajo la premisa de que sentarse o pararse “mal” era el origen indiscutible del dolor lumbar. Sin embargo, la evidencia científica actual sugiere un cambio de paradigma: no existen posturas intrínsecamente dañinas, sino exposiciones prolongadas sin variación de carga.
Un estudio clave analizó la postura de 353 personas sin dolor y 83 con dolor de espalda utilizando sensores electrónicos flexibles de alta precisión. Los resultados derriban el mito de la corrección postural:
- Variabilidad natural: Incluso cuando se les pedía repetir su postura “normal”, los sujetos mostraron amplias variaciones después de cada movimiento; la postura es individual y altamente cambiante en todos.
- Sin diferencias diagnósticas: No se encontraron diferencias significativas en la forma de pararse entre quienes tenían dolor y quienes no.
- La inutilidad de la corrección estática: El estudio concluye que las evaluaciones posturológicas tradicionales son impredecibles y, en su mayoría, inútiles para predecir o tratar el dolor.
El problema no es la forma en que te sientas, sino cuánto tiempo permaneces allí sin moverte. De hecho, la ciencia ha demostrado que el riesgo de mortalidad y morbilidad asociado a pasar ocho horas sentado puede neutralizarse completamente con 60–75 minutos de actividad física diaria.
El cuerpo humano no es una estructura estática que deba ser “enderezada” mediante fajas o recordatorios constantes de “ponte derecho”. El hardware biológico no necesita ser corregido; necesita ser movido para distribuir las cargas y mantener la salud del tejido colágeno.
El concepto de O’Sullivan: tu espalda no está dañada, está sensible
La propuesta de Peter O’Sullivan y su Cognitive Functional Therapy sostiene que el dolor es una experiencia procesada por el cerebro, modulada por creencias, estrés y contexto.
Elegir reposo absoluto ante el dolor favorece la desadaptación. Los tejidos colágenos —discos y ligamentos— necesitan carga para mantener su función. El reposo prolongado debilita. Como afirma O’Sullivan:
“El dolor de espalda no es un signo de daño, es un signo de sensibilidad”.
El peso de nuestras palabras
En su artículo Sticks and Stones, Michael Stewart y Stephen Loftus (2018) advierten que el lenguaje clínico no es neutral: puede ser terapéutico o iatrogénico.
Términos como “desgaste severo”, “disco deshidratado” o “inestabilidad” no producen daño mecánico, pero sí cognitivo. Funcionan como efecto nocebo, alimentando miedo, hipervigilancia y evitación del movimiento, factores más predictivos de cronicidad que muchos hallazgos en la resonancia.
La evolución natural
La mayoría de los episodios de dolor lumbar, incluso asociados a hernias discales, tienden a resolverse espontáneamente si permitimos que la biología siga su curso sin amplificar el miedo.
Nuestra tarea es transformar el discurso de fragilidad en uno de resiliencia. No hablamos de un “disco roto”, sino de una estructura adaptable en una fase de mayor sensibilidad. Cuando el paciente deja de temer a su espalda, recupera libertad de movimiento.
El mito del “mal movimiento”: flexión y rotación
Durante años se demonizó la flexión lumbar, especialmente combinada con rotación. Sin embargo, el anillo fibroso del disco está compuesto por láminas de colágeno orientadas en múltiples direcciones, diseñadas para tolerar cargas en distintos planos.
La anatomía no respalda la idea de una estructura frágil que “salta” con un movimiento normal.
La muerte del “Síndrome del Piramidal”
El diagnóstico de Síndrome del Piramidal se utilizó durante décadas para explicar cualquier dolor glúteo irradiado. La hipótesis lineal asumía que el músculo piriforme comprimía al nervio ciático.
La evidencia actual indica que esta explicación es, en la mayoría de los casos, una simplificación excesiva. Las variaciones anatómicas del nervio ciático son frecuentes y no se correlacionan necesariamente con dolor.
La biología del tiempo: arrugas internas
El disco intervertebral es fibrocartílago vivo, compuesto por colágeno y agua. Como todo tejido conectivo, está sujeto al envejecimiento.
El envejecimiento no es patología.
Los cambios habituales incluyen:
- Disminución de proteoglicanos y menor retención de agua.
- Alteración en la elasticidad del colágeno.
- Remodelaciones estructurales leves.
Del mismo modo que aceptamos arrugas o canas como signos normales del paso del tiempo, deberíamos comprender que muchos hallazgos radiológicos son “arrugas internas”.
Un disco envejecido puede seguir siendo funcional si el sistema neuromuscular está bien adaptado. La imagen estática no define la capacidad de carga dinámica.
Mitos y verdades en el abordaje
El abordaje actual del dolor lumbar prioriza el ejercicio físico bajo principios de sobrecarga progresiva, descanso y especificidad (SAID). No se trata solo de fortalecer, sino de restaurar confianza en el movimiento.
1. El mito del reposo
El reposo prolongado favorece la cronicidad. Los tejidos necesitan carga para mantener su integridad. La actividad temprana es protectora.
2. Terapia manual y educación
La terapia manual puede reducir dolor a corto plazo, pero su valor principal es facilitar el inicio del ejercicio. El enfoque de O’Sullivan integra modificación de creencias y conducta.
3. Hernias y manejo conservador
La mayoría evolucionan favorablemente sin cirugía. Esta debe reservarse para banderas rojas o déficits neurológicos progresivos.
4. Educación y empoderamiento
El conocimiento reduce amenaza. Un paciente que entiende su dolor se mueve con mayor seguridad.
5. Lenguaje clínico
El profesional debe comunicar resiliencia, no fragilidad.
6. El mito de la elongación
El dolor lumbar rara vez se debe a “músculos cortos”. La carga progresiva y el control motor suelen ser más efectivos que el estiramiento pasivo.
7. Frío o calor
No existe superioridad clara. Su efecto es modulador y sintomático.
8. AINES y cronicidad
El uso crónico puede interferir con procesos inflamatorios necesarios para la reparación, incluida la reabsorción discal.
Mi modelo de trabajo: Un ecosistema para restaurar la función
Mi filosofía de trabajo se aleja de la visión simplista del cuerpo como una máquina con piezas que se desgastan y se acerca a la comprensión del ser humano como un sistema dinámico complejo. En este ecosistema, el dolor no es solo un evento físico, sino una experiencia profundamente influenciada por el contexto, las emociones y, fundamentalmente, el conocimiento.
La fertilización del suelo vulnerable: El peso del lenguaje
Una premisa que guía cada una de mis intervenciones es la profunda advertencia de Eccleston y Cromes:
“El dolor es un hábitat ideal para que las preocupaciones florezcan”. Si los profesionales de la salud no internalizamos esta realidad, corremos el riesgo de no ser conscientes del daño potencial de nuestras palabras. Sin saberlo, podemos terminar fertilizando el suelo vulnerable del dolor con términos que evocan fragilidad y miedo.
En mi modelo, la modificación del lenguaje no es un accesorio, es una intervención clínica central. Sustituir términos iatrogénicos como “desgaste” o “disco roto” por conceptos de “adaptación” y “resiliencia” es el primer paso para despojar al dolor de su etiqueta de amenaza y devolverle al paciente su seguridad.
Mi metodología se estructura como un sistema circular donde cada componente retroalimenta al núcleo central: el movimiento con propósito.

1. El Núcleo: Programa de Ejercicios Basado en Principios del Entrenamiento
El eje de la recuperación es la carga gradual y sistemática.
- Sobrecarga Progresiva: Aplicar el estrés mecánico justo para que el tejido colágeno recupere su capacidad funcional.
- Principio SAID: Adaptación específica a las demandas impuestas, entrenando al cuerpo para las tareas reales que el paciente desea retomar.
- Continuidad: Entender que la biología del tejido requiere tiempo y consistencia para remodelarse.
2. Educación del Paciente y Promoción de la Autoeficacia
La educación es el catalizador que permite que el ejercicio sea efectivo.
- Buscamos que el paciente comprenda la biología de su dolor, eliminando el misterio y el miedo que suelen acompañar a los diagnósticos por imagen.
- El objetivo es que la persona pase de ser un receptor pasivo de tratamiento a ser el protagonista autónomo de su salud, ganando confianza en su propio “hardware” biológico.
3. Agentes Físicos y Terapias Manuales como Facilitadores
En mi modelo, estas herramientas tienen un rol específico: son abridores de ventanas.
- Se utilizan para modular la sensibilidad del sistema nervioso y reducir el dolor a corto plazo.
- Su función principal es generar el alivio necesario para que el paciente pueda realizar el programa de ejercicios, que es el verdadero motor del cambio a largo plazo.
4. Reevaluación Constante
Dado que el dolor es dinámico y multicausal, mi modelo exige una supervisión continua.
- No aplicamos protocolos fijos, sino que ajustamos las variables de carga, intensidad y volumen basándonos en la respuesta biológica y psicológica del paciente en cada sesión.
Este modelo de trabajo no busca simplemente “tapar” un síntoma, sino transformar el hábitat del paciente. Al limpiar el suelo de las preocupaciones y nutrirlo con capacidad y confianza, permitimos que lo que florezca no sea el dolor, sino la libertad de movimiento.
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